Gula Templanza
La gula se representa en este proyecto como un deseo que desborda el cuerpo y lo domina. El modelo se inclina hacia la comida con ansia, los gestos son urgentes, la mirada se fija en el objeto del deseo como si no existiera nada más. No se trata sólo de alimentarse, sino de un impulso que busca llenar un vacío interior a través del exceso. La iluminación cálida y baja, junto a un entorno algo caótico, refuerzan esa atmósfera de impulso incontrolado, donde todo se vuelve consumo.
En contraposición, la templanza se expresa como una forma de armonía y dominio sereno del deseo. El cuerpo se muestra erguido, presente, las manos sostienen un alimento con cuidado, los gestos son pausados. Hay una conciencia del acto, una gratitud silenciosa que reemplaza la urgencia. Los colores se vuelven suaves, el espacio se ordena y la luz, más clara y uniforme, acompaña ese equilibrio entre necesidad y moderación.
La narrativa visual entre gula y templanza no busca oponer placer y represión, sino mostrar el contraste entre el exceso que esclaviza y la moderación que libera. El mismo objeto —una copa, un pan, una fruta— cambia de significado según cómo se toma: con avidez o con mesura, desde el vacío o desde la conciencia. La transición es casi coreográfica: se detiene el gesto, se toma aliento, y el cuerpo recupera el control sobre sí mismo.
Así, las imágenes no condenan el deseo, pero invitan a preguntarse cuándo deja de ser deseo para convertirse en dependencia. La gula aparece como una forma de olvido de uno mismo, mientras que la templanza se presenta como la conquista de una libertad interior. En un mundo saturado de estímulos, elegir la mesura es un acto de resistencia. Y también, quizás, una forma de belleza.
la visión religiosa
La Gula: Un Pecado Capital desde la Perspectiva Católica
En el Catecismo de la Iglesia Católica, la gula es reconocida como uno de los siete pecados capitales. No se limita únicamente al acto de comer en exceso, sino que abarca un apetito desordenado y descontrolado por el placer de la comida y la bebida. Es un exceso que va más allá de la necesidad, buscando la gratificación sensorial por encima de la moderación y la templanza.
El Catecismo enseña que la gula puede manifestarse de diversas maneras: desde el consumo excesivo de alimentos y bebidas, hasta la búsqueda obsesiva de manjares exquisitos, la sofisticación desmedida en la preparación culinaria o la borrachera. Este pecado desequilibra la relación del individuo con su cuerpo y con los demás, pudiendo llevar a la negligencia de las responsabilidades, al descuido de la salud y a la falta de caridad hacia quienes padecen hambre. Al igual que los demás pecados capitales, la gula desvía al individuo de la búsqueda de bienes superiores y del amor a Dios.
Personajes Representativos de la Gula
Tanto en la historia como en la ficción, encontramos figuras que encarnan la gula de manera notoria:
Baco/Dioniso (Mitología/Ficción): Como dios romano del vino y la embriaguez (Dioniso en la mitología griega), Baco es la personificación de la gula en su vertiente más hedonista y descontrolada. Sus rituales y festividades se caracterizaban por el consumo excesivo de vino y banquetes, simbolizando la búsqueda desenfrenada del placer sensorial. Su figura, omnipresente en el arte clásico, es un arquetipo de la gula.
Enrique IV : El rey Enrique IV de Francia (1553-1610) era conocido por su enorme apetito y su amor por la buena comida. Las crónicas de la época a menudo mencionan su voracidad en la mesa, devorando grandes cantidades de carne y otros manjares. Aunque un monarca hábil y popular, su gusto por los excesos gastronómicos es un ejemplo histórico de una inclinación hacia la gula.
Piglio (Ficción): En la novela «El Club Dumas» de Arturo Pérez-Reverte, y su adaptación cinematográfica «La novena puerta», el personaje de Piglio es un librero obeso y glotón, cuyas obsesiones giran en torno a la comida y la bebida. Su constante consumo de manjares y licores, incluso en situaciones de peligro o tensión, lo convierten en una representación clara de la gula.
La Gula (Codicia) en el Budismo Zen
En el budismo Zen, al igual que en otras ramas del budismo, la gula no se categoriza como un «pecado» en el sentido occidental de ofensa a una deidad. Sin embargo, se reconoce como una forma de apego (Upadana) y deseo (Tanha), que son causas fundamentales del sufrimiento (dukkha). Específicamente, la gula se relaciona con el apego a los placeres sensoriales, en este caso, los gustos y sensaciones asociados con la comida y la bebida.
Desde la perspectiva Zen, la gula se manifiesta como:
- Apego desmedido al sabor: La búsqueda constante de comidas sabrosas y ricas, más allá de la nutrición necesaria.
- Comer sin conciencia: Ingerir alimentos de forma mecánica, sin atención plena a la experiencia, el origen o el impacto de lo que se consume.
- Exceso: Consumir más de lo necesario, llevando a la pesadez, la somnolencia y la distracción de la práctica meditativa.
- Dependencia: Desarrollar una relación malsana con la comida, usándola para llenar vacíos emocionales o escapar del malestar.
El Zen busca la moderación y la conciencia plena (mindfulness) en todas las actividades, incluida la alimentación. Los practicantes son alentados a comer de forma consciente, saboreando cada bocado, pero sin dejarse llevar por el deseo o el apego al placer. El propósito de la comida es sustentar el cuerpo para la práctica espiritual, no ser una fuente de distracción o de excesivo apego. La gula, por lo tanto, se ve como un obstáculo para la liberación y la iluminación, ya que mantiene la mente atada a los deseos mundanos.
La Virtud Opuesta: Templanza y Moderación
La virtud opuesta a la gula, tanto en el catolicismo como en el budismo Zen, se manifiesta en la templanza y la moderación.
En el Catolicismo: La templanza es una de las cuatro virtudes cardinales. Se define como la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. En relación con la gula, la templanza implica la sobriedad y la moderación en la comida y la bebida, así como en todos los placeres sensoriales. No se trata de negar el placer, sino de ordenarlo de acuerdo con la razón y la fe, evitando los excesos que puedan dañar el cuerpo, el alma o a los demás. La templanza libera al individuo de la tiranía de los apetitos y le permite un mayor control sobre sí mismo, orientando su vida hacia bienes superiores.
En el Budismo Zen: Si bien no se utiliza el término «templanza» en el mismo sentido, el principio de moderación y satisfacción con lo suficiente es fundamental. La práctica de la atención plena al comer es una forma de cultivar esta virtud. Se alienta a los practicantes a:
- Comer para nutrir el cuerpo: Ver la comida como un medio para mantener la salud y la energía para la práctica, no como un fin en sí misma.
- Ser consciente del hambre y la saciedad: Escuchar al cuerpo y comer solo lo necesario, evitando el exceso.
- Cultivar la gratitud: Reconocer el esfuerzo y los recursos que hicieron posible la comida, fomentando un sentido de respeto y no de abuso.
- Desapego del sabor: Disfrutar de los sabores, pero sin ser esclavizado por ellos, reconociendo su naturaleza transitoria.
Al practicar la moderación y la conciencia, el Zen busca liberar la mente del ciclo de deseo y apego, llevando a un estado de mayor paz y contento, lejos de las insatisfacciones que genera la gula.
Con todo mi agradecimiento a Inma Colada sin cuya excelente interpretación este trabajo no hubiera visto la luz.


